La peste de Atenas

Dicen los políticos que nunca se ha visto una epidemia igual, pero los historiadores sabemos que casi cada generación padece sus propios dolores, muchos de ellos causados por pandemias que parecen barrer el mundo.

La Iliada, el primer libro de Europa, empieza con una epidemia. Cuesta muchas vidas no estar preparado cuando se repite la historia.

Estamos confinados, mirando las avenidas llenas de silencio y de espanto, soñando con la calle desde la ventana, viendo la vida por la tele sobre cómo eran los tiempos en los que podíamos vivir todos juntos, como vivían en Grecia.

Ahora los cuerpos de nuestros padres se deshacen en sombras, flotan como la niebla y desaparecen, como ocurría en Atenas.

Uno de los actos políticos más brillantes de Pericles fue potenciar la cultura, con lo que cambió el mundo. Se casó con Aspasia, que enseñó a Sócrates.

Pero en el año 430 aC la peste que asoló Atenas vino del extranjero, y es en lo único en lo que todo el mundo coincidía. Ni los expertos ni la gente de la calle se ponía de acuerdo sobre qué había que hacer.

Estaban en un momento de debilidad por la guerra contra Esparta cuando la epidemia empezó de repente. Primero con algunos casos aislados en un lugar concreto, pero luego afectó a muchas personas de lugares diferentes y distantes.

La peste afectaba más a los débiles y a quienes tenían otras enfermedades.

Parecía que la gente enfermase sin motivo. Unos morían por falta de cuidados y otros a pesar de todos los cuidados. No se encontraba ninguna cura. Los que más se infectaban eran quienes cuidaban a los enfermos.

Desde entonces se sabe que hay que cuidar a quienes cuidan. 

Las ciudades y los pueblos eran devastados cuando las calles se quedaban sin gente porque un asesino invisible recorría los barrios. La personas, para vivir, se tenían que encerrar en casa con su propia soledad, como si eso fuese vivir.

Había gente que señalaba los errores para criticar a los gobernantes, mientras que otros lo hacían para que, si volviese a aparecer la misma enfermedad, no se cometiesen los mismos errores.

Se decidieron entonces inversiones en salud porque era inasumible el enorme gasto de la enfermedad. Hipócrates tenía 30 años cuando comenzó la epidemia. No sabemos qué hizo, pero sí que cambió la historia de la sanidad.

A partir de esa pandemia los atenienses adoraron a Esculapio, el dios de la medicina. Yo me conformaría con que nuestros políticos respetasen a nuestros médicos.

Los débiles de espíritu enfermaban del cuerpo y también del alma, porque empezaron a extender el caos incumpliendo las normas.

Los atenienses estaban abatidos porque la enfermedad mataba a más de un tercio de la población, así que Pericles, que era su gobernante, tenía pocas opciones: una era dimitir, otra era huir y otra escuchar a la gente. Hizo esto último y luego decidió, que es la responsabilidad de los gobernantes.

Les dijo que era más importante el progreso colectivo que la prosperidad privada, porque como conjunto es más fácil enfrentarse a las desgracias personales que hacerlo separados. Los que creen lo mismo que Pericles tienen un comportamiento ejemplar en nuestros días de confinamiento.

Pericles podría haberse retirado a cualquier aldea del Ática, pero murió, igual que su hermana, sus dos hijos, muchos parientes y amigos en Atenas a causa de la epidemia porque nadie está a salvo de la enfermedad.

Con la muerte de Pericles se fue extinguiendo en el altar del egoísmo la libertad de Atenas en menos de cien años.

Merecemos gobernantes como Pericles y no los tenemos en el gobierno, tampoco en la oposición. Ni siquiera Pericles pudo evitar que Atenas padeciese la epidemia. Lo único que podemos hacer ahora es luchar con valor los unos por los otros sin desfallecer.