La peste de Cipriano

La Historia es una carta personal que nos han escrito hace mucho tiempo, siglos o milenios.

Pisamos sobre las mismas huellas de nuestros antepasados, como en época de Cipriano, cuando el aire se llenó de un veneno invisible y levantó remolinos de muerte.

La experiencia de la peste de Atenas, en época de Pericles, sirvió para que la gente tuviese en cuenta los principios de higiene y salud durante siglos.

La devastadora peste Antonina pudo haber sido peor si hubiesen estado gobernando personas menos diligentes.

El virus puede ser el presagio de la miseria si los gobernantes no hacen su trabajo, sobre todo para los países cuyos gobernantes fueron negligentes ante la propagación del virus, porque se reproducía por oleadas que mataba a una parte de la población y confinaba a otra, lo que provocó un desastre económico en el imperio romano.

Una de las consecuencias de ese tipo de pandemias suele ser el hambre. Ocurrió en la peste antonina y también en la peste de Cipriano, que duró 20 años, desde el 249 hasta el 269 y que dejó el imperio sin mano de obra para cultivar los campos y el ejército sin soldados para defender las fronteras, aunque eso ya había sucedido durante la peste antonina.

Zósimo nos cuenta que nunca hubo antes una pandemia tan mortífera. En Roma morían 5.000 personas al día. El tamaño del dolor era inmenso. Por las calles sólo paseaban las sombras.

No sé si las víctimas eran tantas que dejaban de ser personas para convertirse en números, para no pensar que la fallecida tres mil era mi madre y poder soportar el dolor pensando que detrás del número no hay nadie.

En ese momento, con el reino devastado, aparecieron los enemigos en el norte. ¿Qué tenemos ahora en el norte, amigos o enemigos?

La epidemia y la crisis política convivieron asolando el imperio. Los ciudadanos eran rehenes del miedo. 

Lo que puede empeorar una epidemia es el egoismo politico que se basa en utilizar o incluso fomentar el caos para las aspiraciones personales despreciando el sufrimiento de los ciudadanos.

En aquel tiempo los discursos vacíos chocaban contra los muertos.

Para dar una explicación a la epidemia echaron la culpa a los cristianos, algo que ya había sucedido en la peste antonina y de lo que siglos más tarde acusarían a los judíos.

El emperador Decio y sus expertos podían evitar así las responsabilidades personales por haber sido poco diligentes: han sido los chinos, los gitanos, un laboratorio americano... Nuestro mundo está interconectado por millones de eslabones. Lo que le ocurre a uno tiene efecto en todos.

La última oleada de esta pandemia, la peste de Cipriano, mató a Claudio II el Gótico.

Se hundió la autoridad imperial que arrasó el sistema de fronteras del Imperio. Emperadores sin capacidad, sin méritos, sin ser elegidos, usurparon el trono uno tras otro.

En todo aquel desbarajuste de locos, la gente buscaba un gobernante que dijese una frase cuerda, porque los políticos hacían leyes para un mundo que ya no existía.

Los ciudadanos se convirtieron en campesinos pobres porque tenían que elegir, primero entre la justicia y la libertad y después entre la libertad y la vida.

Las pandemias de la antigüedad desaparecían en décadas o en años. Nuestros portentosos avances médicos hacen que ahora tal vez se puedan atajar en pocos años o en muchos meses.

Y hay gente que todavía prefiere gastar en armas en lugar de invertir en Ciencia.

Cipriano de Cartago aseguraba que la única solución para esa pandemia es la solidaridad, la ayuda mutua. El valor es el refugio del dolor. Matar a la muerte es una tarea de audaces y generosos.

Creo que fue Alejandro Magno quien decía que de la conducta de cada uno dependía el destino de todos. Es muy importante luchar por uno mismo, pero aún lo es más luchar por otros, por todos.

Cada epidemia demuestra que solo triunfa la gente buena.