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Es imprescindible inscribirse a través de la web para evitar aglomeraciones.

Despues de recorrer el dolmen de Soto visitaremos los elementos patrimonaiales más importantes de Trigueros. El importe de la guía especializada del dolmen de Soto es de ,50 € que se debe abonar con antelación.

Andrés Nadal se dedica profesionalmente a la literatura y a las rutas históricas. Puede apoyar económicamente estas rutas gratuitas para aumentar su frecuencia a través de:

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Se trata de una novela sobre el expolio de las obras de arte sevillanas durante la Guerra de Independencia (1810-1812). Se da una visión subjetiva, literaria y después un texto subjetivo, de carácter histórico, para entender el desastre.

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Pedro Ponce de León apoyó a Enrique II para vencer a Pedro I. Por esto y sus muchos méritos fue recompensado con la dignidad de Arcos.

La Casa de Arcos fue, durante la Baja Edad Media, los principales competidores de la casa de Medina Sidonia, el ducado hereditario más antiguo del reino de España, fundado por Guzmán el Bueno.

Juan Ponce de León se casó en 1418 con la hija de Alvar Pérez Guzmán y tuvo como concubina a la doncella Leonor Núñez. Con ambas procreó buena cantidad de hijos. Al mismo tiempo recibía los favores de otras doncellas y esclavas moras con las que también procreó familia. Reconoció a sus treinta hijos que vivieron en Marchena.

Tras la pacificación impuesta por los reyes a la larga contienda entre la Casa de Arcos y la de Medina Sidonia, en el palacio de Marchena estuvieron los Reyes Católicos preparando la guerra contra Granada. En esa época se hizo la portada señorial del palacio.

 

 

Su construcción se remonta a finales del siglo XV, en época de los Reyes Católicos, y parte de la decoración (como las dos figuras que sostienen los escudos nobiliarios de la familia) se atribuye a Esteban Jamete, siendo labrada ya en el siglo XVI.

La portada llega a Sevilla gracias a la intervención del rey Alfonso XIII, que la compra en 1913 y decide instalarla en el Alcázar sevillano para comunicar esta parte de los jardines con el palacio Gótico.

Lo que queda de la portada señorial es una pintura que representa la fachada anterior.

En 1780, con la muerte del XI duque de Arcos, Antonio Ponce de León, la casa de Arcos fue heredada por María Josefa Pimentel y Téllez-Girón, XII duquesa de Benavente, por lo que quedó incoporada a la casa de Osuna. La casa ducal fue creciendo en importancia y riqueza, y en el siglo XIX era la casa nobiliaria más importante de España, al reunirse en la persona del duque de Osuna veinte grandezas de España y, entre otros títulos, los ducados de Arcos, de Béjar, de Benavente, de Gandía, del Infantado, de Medina de Rioseco, de Pastrana, de Plasencia, de Lerma, de Estremera, de Francavilla, y de Mandas y Villanueva. Estos trece ducados fueron ostentados junto con doce marquesados, trece condados y un vizcondado.

Sus títulos nobiliarios ocupaban una espacio de más de dos mil palabras. Quince veces Grande de España. Durante el siglo XIX fue la casa nobiliaria más importante del país,  unidos a esos títulos de grandeza había que considerar también ocho ducados, seis marquesados, mariscal de campo de los ejércitos, senador. Contribuyente a la hacienda pública con 840.000 reales [como dato comparativo téngase en cuenta que los ingresos de la Hacienda Pública Española del año 1833 eran de unos 620 millones de reales], máximo tributario pues, por delante de la casa de Medinaceli y la de Alba.

Todo cambió cuando Mariano Francisco de Borja José Justo Téllez-Girón y Beaufort-Spontin (Madrid, 19 de julio de 1814-Beauraing, Bélgica, 2 de junio de 1882) XII duque de Osuna y XV duque del Infantado, heredó de su hermano las propiedades el 29 de agosto de 1844, con lo que empezó una vida de lujo que acabó con su gran ruina.

De él se decía que podía cruzar media España sin salir de sus posesiones. Fue el último habitante de su familia en la Alameda de Osuna, pequeño palacio a las afueras de Barajas, en Madrid. Tenía importantes propiedades agrícolas en Sevilla, en Guadalajara y en Extremadura. Las medidas desvinculadoras tomadas a la vez que la desamortización de Mendizábal hicieron que la propiedad de la tierra fuera completamente suya, lo que le acabó condenando ya que podían ejecutar las hipotecas contra él.

Primero estuvo en las guerras carlistas. Luego fue embajador en la coronación de la reina Victoria del Reino Unido, en 1838, donde estuvo en contacto con los dandis,

Embajador en París en la boda de Napoleón III y Eugenia de Montijo (1853).  Nunca utilizaba dos veces el mismo pantalón, la misma camisa, los mismos zapatos, en este sentido se parece al emperador Heliogábalo que nunca calzó por dos veces las misma prenda y nunca yació en en más de una ocasión con la misma mujer. Dicen que se encaprichó de una corbata que llevaba uno de sus invitados y  que había comprado en París, y en uno de esos gestos largos y excesivos que utilizará con frecuencia manda a uno de su criados hasta la ciudad del Sena para hacerse con una prenda idéntica.

Cuentan que, que al presentarse en cierta ocasión en uno de sus palacios, encuentra que el servicio de mesa no está preparado y ordena que tanto en su presencia como en su ausencia todos y en cada una de sus propiedades deben estar preparadas como si fueran a recibirle; provisiones, servicio y caballerías incluidas y hasta la mesa puesta.

La Reina Isabel II le nombró embajador extraordinario en la corte del zar lejandro II, en San Petersburgo, de 1856 a 1868. Doce años en los que consiguió la reanudación de las relaciones diplomáticas rotas a la muerte de Fernando VII por el apoyo de Rusia al pretendiente carlista.

El cargo estaba remunerado con un sueldo de 400.000 reales más otros 90.000 para gastos de desplazamientos. A  ambos renunció el duque que entendía desde su holgada situación financiera que el servicio a España era una obligación. Le acompañó como secretario el egabrense Juan Valera, que escribió unas interesantes Cartas desde Rusia.

Tomo I

Tomo II

Se había propuesto  cambiar la imagen atrasada que la aristocracia rusa tenía de España. Cuentan que estaba el duque sentado en los salones del Palacio de Invierno del Zar reposando sobre un abrigo de marta cibelina que utiliza como almohadón. La prenda, de notable valor, queda abandonada sobre la butaca -otros sostienen que sobre el suelo- no bien acaba la recepción. Advertido  de su olvido por parte de los criados, él replica que un embajador de España no suele llevarse las sillas que le ofrece su anfitrión.

Pese a que detesta el ferrocarril para viajar no duda en utilizar este nuevo medio de transporte para hacerse llevar hasta el Norte de Rusia sendos naranjos desde la lejana España, y todo porque a cierta damas de la nobleza rusa se les ocurrió valorar el buen aroma de las flores de azahar pero desconocían el tipo de árbol capaz de producir tan delicada fragancia.

Fueron famosas las fastuosas fiestas que daba en la embajada española pagadas de su propio bolsillo.

En una ocasión ayudaba a una dama a buscar un pendiente, y iluminó el lugar quemando un fajo de rublos.

El conde Alejandro Orloff, favorito del zar Alejandro II  se reputaba de dos hechos en su vida, los buenos servicios al zar y su admirada raza de caballos, a la que incluso dio nombre: «raza Orloff», mezcla de caballos árabes y daneses. El Duque que hubiera sido capaz de cometer la estrafalaria patraña de herrar con piezas aleadas  con plata a sus caballos de pura raza española -cosa que el buen sentido nos sugiere como falsa- se encaprichó de unos de aquellos ejemplares, ofreciendo a Orloff una cantidad de dinero que el Conde se negó a aceptar. Quizás abrumado por la presión del de Osuna aseguró que no había suficiente dinero en el mundo para que él se desprendiera de aquel caballo. No conocía al Duque porque Don Mariano fue capaz de ofrecer una cantidad tan escandalosa que al final el caballo, cortadas sus crines y su cola,  terminó jalando de un pequeño tiovivo o carrusel que el Duque tenía instalado en el jardín de su residencia. Orloff no se lo perdonó, podía disculpar la altivez que le daba su fortuna, pero no que tratara así a uno de sus caballos.

Podemos fijar una fecha del declive económico, de la casa de Osuna. Estamos en el año de 1861, en una escritura pública que formalizaba un empréstito inmobiliario con la fabulosa garantía hipotecaria de casi 1500 fincas con una extensión de 200.000 hectáreas en 20 provincias españolas lo que permitía prácticamente al duque viajar durante varias jornadas sin verse obligado por ello a abandonar sus tierras. Por este crédito Mariano Téllez Girón obtenía unos 90 millones de reales  proporcionados por el banquero Estanislao de Urquijo. Este capital le permitiría sufragar una tipo de vida en el que el despilfarro acompañaba la anacrónica  y ya finisecular idea de la jactancia de los de su estirpe. No fue este un caso único, aunque sí el más notable, porque los últimos lustros del siglo XIX marcaron la decadencia de las antiguas clases aristocráticas, incapaces de adaptarse a las nuevas corrientes económicas marcadas ya por la burguesía y su lujo razonable.

Fue asesorado Bravo Murillo, que fue Ministro de Hacienda, Ministro de Fomento y Presidente del Consejo de Ministros, que le mostraba la forma de evitar la bancarrota moderando sus gastos.

En 1881 fue el representante español en la boda del futuro káiser Guillermo II, donde alquiló  todo un hotel de lujo para cientos de invitados desplazados a Berlín.

Cuando murió en su castillo de Beauraing, en Bélgica, en junio de 1882, dejaba unas deudas de 44 millones de pesetas. A título indicativo podemos señalar que la totalidad de  la deuda pública del Reino de España en 1870 oscilaba en torno a los 4.500 millones de pesetas, el uno por ciento de la misma.

A su muerte la biblioteca de los duques del Infantado fue comprada por el Estado, pasando a formar parte de la Biblioteca Nacional. La mayor parte de sus colecciones se vendieron y dispersaron en 1896 en posterior subasta.

Fue el último señor efectivo de todos los mayorazgos familiares que se desamortizaron por las leyes de Mendizabal (1842), lo que permitió que a su fallecimiento sin sucesión, y ya que su principal heredero era el duque de Alba (que poseía ya acumuladas siete grandezas de España de primera clase), se iniciara un descomunal pleito en el que intervino la Corona, que no vio con buenos ojos que una sola persona poseyera tantos títulos y posesiones, desbaratando la acumulación de los mismos y distribuyéndolos a diversas familias. El título de duque del Infantado pasó entonces a las manos de la familia Arteaga y Lazcano, quienes consiguieron recuperar parte de los bienes de la casa.

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